Ciertamente, aunque envejecido, todavía me castiga.
Implacable, me tortura. No siente piedad.
Lo escucho llegar con el remanso del ocaso; acosándome y, por las noches, como amante en tinieblas, me posee. Me asfixia, mis pulmones lloran un largo silbido.
Al alba, acordes de cristal acarician mis oídos, y él, astutamente se oculta, huyendo de mis pasos hacia las sombras ficticias del olvido. Y ríe, por detrás; y extiende sus brazos para no alcanzarme; en la desnudez de mi espalda.
Me contempla; sabe. Imagino su mirada, arrogante.
Estoy vencida.
Suena el timbre del teléfono.
Me envuelve con el cordón umbilical de un universo sin fortuna.
Aquella voz ligera, que no sueña, pero que deslumbra, encarama sobre mí las historias belcebúes de los antiguos pecados de marras. Emergen, en aquel momento, los semblantes y con ellos, los temores.
Sin embargo, cuando los rayos del sol se adhieren a la tierra, él busca compañía; entonces, dibujo una imagen sin sombra y la echo a andar junto a la mía.
Es el miedo, la cobardía, que me aflige. Miedo a morir mucho antes que él. ¿Qué sería de él sin mí? Yo sé acentuar sus instintos y contener un tiempo que no existe; él sabe remarcar mis frialdades y deshacer el instante.
No construiré símbolos ni levantaré pancartas; no hablaré ni gritaré, tampoco murmuraré; no voltearé el rostro, pese al ardor en mis mejillas. No sellaré mis párpados ni los conformaré en esta noche fría.
Una centella me atraviesa y el dolor, ¡ah, el dolor! alza vuelo libremente.
Él es mi esclavo, me pertenece. Acabo de descubrir que el momento de la venganza viene llegando, no sé cuándo, pero viene llegando.
Ya estoy muerta.
Él no me roza. Ya no. Me busca entre los rostros enrojecidos de quienes todavía sufren la agonía del recuerdo, escudriña el rubor del mío. Aún ignora que no estoy, aún ignora que ya sé su nombre y que he decidido desecharlo. Aún espera detrás del cristal, sin saber que ante la primera palada, él habrá desaparecido.
(De Mónica Maud)
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